Al llegar intenté alojarme en Residencial Lola: parece ser la hermana de Irene aún no se ha repuesto de su estancia con Lola. Por desgracia, no le quedaban habitaciones y me perdí la experiencia de convivir con la tal Lola. Pocas palabras intercambié con ella, pero la cosa prometía, qué pena. En fin, me tuve que conformar con otro hostel con hamaca y piscina.
Me dirigí a las cataratas con una kiwi que compartía mi fobia a los jóvenes turistas israelíes y que tenía pavor de todo bicho viviente, incluidos los simpáticos coatíes. Pobres coatíes, con lo monos que son, aunque se dediquen a robar la comida a los turistas (peor son los turistas que me robaron los bocadillos de tortilla en el hostel).
A pesar de la presencia de coatíes, monos, iguanas, roedores gigantes, grupos de turistas y francesas criticando las tetas siliconadas de las argentinas, el animal más peligroso por ahí era un argentino medio nerd que intentaba patéticamente ligarse a una gringuita ofreciéndole pasarle las partes encharcadas a caballito. Luego la gringuita le dejó plantado plantadísimo e incluso se negó a darle su email, y el argentino pesado intentó ofrecerse de caballito a mí y a la kiwi.
El resto de la visita, pues aquí tenéis las imágenes: